Ambròs M. Oliver

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Wednesday, September 28, 2005

DOS BALAS EN SU MEMORIA


Hicimos cuanto pudimos para sacarles del asiento trasero, pero todo fue en vano: cada vez que intentábamos entrar en aquel amasijo de hierros, el lecho de arena que lo sostenía cedía un poco más, inclinándolos hacia el abismo.
Después de unos segundos de silencio, el coche en el que nuestros hijos habían quedado atrapados, explotó.

Lo vimos caer hasta quedar aplastado decenas de metros bajo nuestros pies, y desaparecer envuelto en llamas con sus cuerpos dentro.

No recuerdo durante cuanto rato estuvimos los dos llorando en aquel arcén, solo sé que cuando Carmen se desmayó, tuve el tiempo justo para apartarla de la carretera antes de que el mundo desapareciera también de mi vista.

Debieron pasar varias horas hasta que nos trasladaron al hospital, e imagino que muchos días más para recuperar el conocimiento.

Pero el calvario vivido en aquella maldita curva y las imágenes de todo cuanto ocurrió, han seguido hasta hoy, gravadas en mi memoria como castigo a la ineptitud que demostré tener.

Una a una, aparecen en el momento menos pensado: gritos suplicantes, ojos abiertos de par en par, dedos, brazos extendidos, intentando alcanzar mis manos, intentando alcanzar, en vano, la ayuda que sus padres no les supieron dar.

Carmen no pudo superar aquella prueba de fuego; se vino abajo, se encerró en sí misma olvidándose del mundo que la rodeaba y de todo cuanto podía ayudarle a sobrevivir.
Su sensibilidad, ese don por el que me enamoré perdidamente de ella, pudo más que la fuerza y la vitalidad que siempre había tenido. Empezó a consumir su alma, su mente y su hermoso cuerpo, al no permitirle luchar ante las mismas imágenes que me atormentaban a mí.

En mi caso todo fue distinto, el equipo psiquiátrico que nos atendió logró sacarme del atolladero. Gracias a sus terapias, conseguí restablecer mi vida laboral con cierta normalidad y apoyándome en ella, poco a poco, también la social.

Pero con mi mujer fracasaron.

Tuvo que pasar más de un año para que el doctor Uriach me comunicara, a puerta cerrada, el diagnóstico definitivo:

-Si en un tiempo prudencial no consigue remontar la situación por sí sola, no podemos descartar que la mente de su esposa degenere hacia trastornos crónicos incurables.
Reconozco que empecé a darlo todo por perdido cuando me advirtió que la esquizofrenia se apoderaría definitivamente de su realidad si no aprendía a superar los recuerdos de aquella noche.

Por eso, empezó a rondarme la duda de utilizar aquel nuevo fármaco con Carmen, cuando mis compañeros de trabajo anunciaron su éxito en las primeras fases de experimentación.



Tomé la decisión un viernes por la tarde al regresar del trabajo.

Algunos días entre semana, ella iba a casa de su madre en busca de compañía, allí, hablando de cosas triviales, a menudo se tranquilizaba y demoraba su regreso hasta bien entrada la noche.

Recuerdo que aquel día, mientras le esperaba, aproveché para guardar mi ropa de invierno y al sacar las camisas de verano del estante superior, algo pesado, metido en una bolsa de terciopelo, cayó al suelo con un ruido seco.

Aflojé el cordón que estrangulaba aquella funda de terciopelo negro y reconocí de inmediato la pistola del padre de Carmen.

La recordaba por que cuando murió yo la había guardado en su casa, junto con varias cajas de munición, dentro del armario del recibidor.

Quedé unos segundos confundido mientras la inspeccionaba y, supongo que palidecí al entender de qué manera y por qué motivo llegó aquel arma hasta nuestra habitación, sobretodo al descubrir aquellas dos únicas balas en su interior.

Sin pensármelo dos veces, llamé por teléfono a Marcos, mi compañero de laboratorio.
El doctor Marcos Carbonell era jefe del equipo de investigación, y fue él quien me había hablado, medio a hurtadillas, de un proyecto secreto que les encargaron los de inteligencia militar:

El “Proyecto Amnesia” estaba encaminado a sintetizar un fármaco que consiguiese borrar los recuerdos de forma selectiva. -Por épocas o períodos de tiempo más o menos exactos -me comentó- pero sin dañar el resto de información acumulada por el individuo a tratar.

Según sus palabras, en pocos meses debía estar listo para ser probado en humanos.
Quedé con él, al día siguiente del hallazgo, en un café de la Gran Vía. Era uno de esos locales tranquilos en los que siempre hay gente de paso y que tienen la amplitud suficiente como para poder hablar sin ser oídos:

-Ayer por la tarde encontré la pistola de su padre escondida en el armario de nuestra habitación -le dije en voz baja- no sé Marcos… creo que está dispuesta a hacer una locura.
-¡No seas bestia hombre! -respondió él en un tono que me molestó-. Estáis pasando los dos un mal momento, pero de ahí, a creer que ella sería capaz de…

-¡Debes creerme Marcos! –respondí francamente indignado-. Carmen sabe manejar las armas a la perfección. Y nunca cambiaría la disciplina con la que el viejo le enseñó a manipularlas.

Me calmé unos segundos y proseguí con mi explicación. Era vital hacerle entender la gravedad del problema en aquella reunión, si no accedía a mis intenciones, perdería a Carmen definitivamente.

-Las pistolas, Marcos, o se guardan descargadas para olvidarse de ellas, o totalmente llenas de munición para tenerlas a mano en caso de apuros. ¡Pero nunca con solo dos balas en su cargador! Nunca, excepto…

-¿Excepto…?

-Excepto, si esperas utilizar tan solo esos dos disparos…¿Entiendes?

-¡No, no entiendo nada! Y deja de hablar en ese tono de misterio ¡Caray! Con una sola bala que te reventara por dentro, sería suficiente ¿no?

-¡No Marcos, no! Un experto en armas, y Carmen lo es, siempre dispondría de dos balas para suicidarse: Una para volarse los sesos y otra, por si el miedo en su pulso le hiciese errar ese primer tiro dejándola mal herida, en ese caso, dispondría de la segunda para rematar su intención.

-La verdad, no creo que sea capaz de hacer algo así… me parece una locura pensar que…

-Precisamente Marcos, de “locura” es de lo que te estoy hablando, el Doctor Uriach ya la ha dado por perdida, y…

-¿Uriach ha desestimado su caso…?

-Sí, hace ya un par de meses me advirtió que la esquizofrenia podría apoderarse de ella, y ahora...

-Entiendo tío, caray…, bueno disculpa, yo no imaginaba que… Y dime… ¿Donde has dejado esa pistola con dos balas? ¡Se la habrás quitado! ¿No?

-¡Sí! No te preocupes…, hoy a primera hora he ido a casa de mi suegra con una excusa tonta y la he vuelto a guardar en su sitio. Me he deshecho de las cajas de munición para impedir que haga una locura, pero no estoy tranquilo…

Viendo su expresión mientras escuchaba, aproveché para relajar mi estado de ánimo, y mi tono de voz se cargó de dramatismo.

-Carmen sabe desde pequeña donde guardan las llaves de ese armario, ¡Ya la ha cogido una vez Marcos! y si no es con la pistola será con otra cosa, yo qué sé…, tirándose por la ventana…o como sea, no quiero ni pensar que...

-Bien y… ¿Qué quieres de mí? ¿Por qué me cuentas todo esto?

-Marcos, tienes que ayudarme a conseguir el permiso para que prueben el fármaco con ella. Solo eso puede ayudarme a recuperarla. Sin ella, yo… no sé…

-Vamos venga hombre, qué son esas lágrimas… precisamente ahora estamos en fase de selección de candidatos, ¡Anímate! No creas que es fácil encontrar gente dispuesta a perder sus recuerdos. No habrá ningún problema para incluirla en la lista.

-Pero, lo habréis probado ya con alguno, ¿No?

-Sí, hombre sí, la dosis funciona a la perfección. El problema es que los recuerdos tratados son irrecuperables, y antes de administrarlo, debemos explicar muy bien a los voluntarios el riesgo que corren.

-Entiendo pero entonces… ¿Necesitaremos su consentimiento?

-Sí, por supuesto que sí, no podemos ir contra la ley.

-¿Y si le dictaminasen enajenación mental? ¿En ese caso...?

-Podemos esconder lo de su estado psíquico… pasarlo por alto en los formularios de acceso, yo… yo mismo le haré la entrevista si es necesario. Pero ella debe dar su consentimiento, si no, no lo hacemos. No quiero acabar en la “trena” por un tema así, sería demasiado arriesgado para todos.

Aquella misma noche hablé con ella y accedió de inmediato. No dudó ni un momento en apartarse de la tortura de sus recuerdos.

Por fin una mañana, al límite de sus fuerzas, con la mirada perdida, y una sonrisa deformando su llanto, conseguimos que Carmen firmara los documentos que nos permitieron administrarle la inyección.



Entre Marcos y yo, calculamos todo a la perfección:

La dosis vació su conciencia de los recuerdos acumulados desde los veinticuatro años, esos cinco años de vida, con sus embarazos y sus muertes, desaparecieron de la memoria para no volver nunca más.

En aquel momento de nuestro pasado, casados pero sin hijos, ella había terminado la carrera de magisterio y yo, desaproveché la oportunidad de ir a trabajar a Canadá para unos laboratorios farmacéuticos con los que todavía podía contactar, así que, me las arreglé para conseguir una plaza en la delegación de Vancouver, y simulé ante Carmen, que había aceptado la plaza.

Durante los tres meses que ella estuvo convaleciente en el hospital, tuve tiempo de confabularme con los amigos y parientes más cercanos para que nunca le volvieran a recordar ese período borrado de su memoria.

El resto fue puro trámite: vendí todas nuestras propiedades, compré un coche, localicé una casa en un pueblo cercano al trabajo, y realicé las gestiones necesarias para conseguir los permisos de residencia canadienses.

Todo estaba funcionando a la perfección, por fin, empecé a confiar en nuestro destino.
Cuando despertó en el Hospital Militar, Marcos le explicó que había caído en una amnesia temporal producida por un accidente de motocicleta y su madre empezó a visitarla como si todo fuese normal. El equipo de psicólogos se las apañó para explicarle que la diferencia en el calendario era producida por su pérdida de memoria y por la confusa percepción sobre el tiempo y el entorno que todo traumatismo amnésico produce.

Tres meses de tratamiento psiquiátrico intensivo y la administración de placebos, a modo de falsa medicación, obraron el milagro: Carmen, recibía el alta para marcharse conmigo hacia nuestro esperanzador futuro.



En Canadá todo fue maravilloso, su sonrisa y sus contagiosas ganas de vivir no tardaron en reanimar mi carácter de forma definitiva, ella parecía más joven que nunca e irradiaba belleza por los cuatro costados. Junto a su vitalidad y mis esperanzas, transcurrieron seis años mejor de lo que había podido planear.

La sinceridad del amor que me procesaba fue el mejor antídoto para olvidar la imagen de mis hijos, ella era todo cuanto un hombre puede desear. Regresaba del trabajo con la necesidad de poseer su cuerpo; me dormía cada noche esperando que se acurrucara a mi lado para hablar, jugar y reírnos como dos niños sin preocupación alguna; me sentía estable y seguro al ser partícipe del amor que ella sentía hacia mí y así, disfrutando como locos de nuestra propia compañía, conseguimos recuperar la felicidad perdida.

Cada día estaba más orgulloso de la decisión que había sabido tomar, no habíamos sentido la necesidad de volver a España durante todo el tiempo que estuvimos allí, pero hace unos días, recibimos la llamada de los tíos de Carmen anunciando la muerte de su madre; - su corazón estalló sin previo aviso- nos dijeron entre llantos, y regresamos a Barcelona de inmediato, para asistir a su funeral.

Habíamos decidido quedarnos en su casa para dedicar la siguiente semana a arreglar todos los papeles de la herencia, y por primera vez en seis años, volvimos a pisar el hogar que la había visto crecer.

Mientras regresábamos del sepelio hacia la casa, Carmen se sentó dándome la espalda y, sin decir ni una palabra durante todo el trayecto, se desmoronó en llanto.
Al llegar, se fue directamente a su habitación, y yo descargué las maletas sin atreverme a molestar.

Hacía años que no la veía en aquel estado y no tuve fuerzas para darle consuelo.
En la butaca del salón, miles de recuerdos se apoderaron de mí, recuerdos escondidos en la recámara de mi consciencia, dolorosos y tiernos recuerdos junto a mis hijos en aquel salón familiar.

Me sobresaltó la puerta de la cocina cuando Carmen entró en ella.

-¿Estás bien cielo? -le dije incorporándome ligeramente en el sillón.

-Sí, ya estoy mejor, solo necesitaba estar a solas un rato… voy a preparar algo de cenar.

Desde la cocina, su voz me hizo llegar una pregunta inquietante:

-¿Sabes con quién me he encontrado hoy en el funeral, cariño?

-No, mi vida, ¿Con quién?

-Con un tal doctor Uriach.

Ese nombre hizo saltar todas las alarmas en mi cabeza:

¡El maldito doctor Uriach! ¡Claro! ¿Cómo se me había podido pasar por alto algo así? Después de tratarnos a mí y a Carmen, estuvo atendiendo también a su madre de unos leves trastornos de menopausia y él, no sabía nada de la inyección amnésica. En su momento, pensé que pondría problemas si le pedía permiso para administrársela, y ahora, mi mujer se lo acababa de encontrar cara a cara.

-¿Me has oído cariño? Aquel tipo me ha dicho que se llamaba Uriach.

-Si mi vida, me suena ese nombre… Ah, ya sé, ¿No era uno que visitaba a tu madre de no sé qué trastornos?

-Sí, eso me dijo -Su voz calló por unos segundos mientras un sudor frío se apoderaba de mi cuerpo.

Sentí miedo de perder todo lo que habíamos conseguido en aquellos años y esperé sus preguntas para descubrir algo más sobre la conversación que había tenido. Tenía claro que yo no debía llevar la iniciativa, si se daba cuenta de mi interés, podía echarlo todo a perder.

-¿Cariño…? -me increpó, quedándose a la espera después de decirlo.

-Dime cielo.

-Ese hombre se extrañó al ver que no le reconocía, dijo, que yo había sido paciente suya después del accidente. ¿Es del equipo de Marcos?

Esas palabras me tranquilizaron, Carmen, había mal interpretado el accidente al que se refería Uriach, y sin pensármelo dos veces me levanté para cerrar el tema:

-Uhmm ¿Estas hirviendo pasta? Que bien, estoy hambriento… -dije mientras masajeaba sus hombros para quitarle trascendencia al tono–. Sí mi amor, creo que sí, posiblemente era uno de los que estaban con él cuando lo del accidente de moto. Es normal que no lo recuerdes, la amnesia te dejó un poco trastornada los primeros días.



Aquel desafortunado incidente hizo que acelerara los trámites con los abogados, me encargué personalmente para acabar rápido con nuestra estancia en Barcelona y evitar, con ello, mayores problemas.

Durante tres días me tuvieron de aquí para allá rellenando impresos y pagando certificados, y por fin, lo arreglé todo para partir en las siguientes veinticuatro horas.
Hoy al llegar a casa Carmen me esperaba, más guapa que nunca, en el centro del recibidor.
Bajo el maquillaje, el brillo de sus ojos me hizo ver que había estado llorando, y cuando quise acercarme a ella, el tono de su pregunta me detuvo:

-¿No pensabas contármelo nunca, verdad? -por un momento, todo aquello me confundió.

-¿Sabes qué es esto…? Es el diario personal en el que mi madre anotaba todo cuanto sucedía en su vida. Lo apuntaba todo cariño, absolutamente todo... Ayer, después de nuestra conversación sobre Uriach empecé a hojearlo...

La primera bala, quedó incrustada en mi estomago al acercarme a ella para intentar hablar. La segunda, está a punto de salir de la pistola de su padre para atravesarme el corazón sin el más mínimo margen de error.

Mientras ella sigue de pié a unos metros de mí, sosteniendo el arma en una mano y un viejo cuaderno en la otra, con voz calmada y lágrimas en los ojos, demora su última bala preguntándome detalles sobre nuestros hijos: el tono de su llanto en el parto, las primeras palabras, el sabor de los besos, el olor de su pelo, o la magia de sus risas.

Detalles guardados en mi memoria, muy dentro del corazón que su instinto maternal está a punto de reventar.

Detalles prohibidos de los hijos que, por mi culpa, nunca llegó a conocer.



© Ambrós Martínez Oliver

Monday, September 12, 2005

RATÓN DE ALFOMBRILLA



El letrado se incorporó sobre la butaca de la habitación de hospital, su rostro parecía tranquilo pero algo en sus ojos denotaba lo contrario. Se acercó a la cama y levantando los folios a la altura de la cara, comentó:

—Si me permite, Ruiz Vera, creo que estamos en un buen lío. El atestado de la Policía desarrolla los hechos de forma contundente, todo apunta a que usted ha asesinado a su hijo... estas son las frases más significativas:

Muerte por asfixia de un niño de cuatro años... estrangulado con fuerza con el cable de un accesorio de ordenador... el único testigo es el hermano mayor de la víctima que pasará la noche en comisaría al cuidado de psicólogos para intentar que supere el estado de shock inicial... en el arma del crimen solo aparecen las huellas del padre de los niños... existen evidencias suficientes para detener a Don Alfredo Ruiz Vera, acusado del asesinato de su hijo.

Después, mirándole por encima de los papeles, su abogado defensor le interpeló con autoridad.

—Debería sincerarse conmigo, sepa que para evitar que le condenen necesitaré conocer hasta el más mínimo detalle así que, por favor, intente recordar cómo ocurrió todo.

Se sentó sobre el borde de la cama con los ojos llenos de lágrimas y después de unos segundos, levantándolos para recordar, inició su explicación en tono pausado:

—Créame letrado, cuando un viudo de treinta y cinco años tiene que improvisar cada noche un cuento distinto para que sus hijos se duerman, los argumentos, personajes, situaciones y paisajes que acaba inventando, pueden rozar el surrealismo más extremo.
Aquella noche, no sé por qué, me vino a la cabeza la historia de un ratón, de uno muy especial, de los que viven junto al teclado rodando sobre una alfombrilla de espuma: era un ratón electrónico, con su cable y sus teclas que, cuando todos dormían, usaba magia de roedores y transformaba su piel de plástico liso en otra, rosada y peluda.

—¿Un ratón electrónico que tomaba vida? Le advierto Alfredo, que solo un milagro puede ya librarle de la cadena perpetua, así que, deje de...

—Le estoy contando la verdad. Sobre la marcha fui inventando su historia, dije que por las noches desperezaba las patas que había escondido durante el día, que abría sus ojitos negros, se desconectaba y echaba a andar por toda la casa en busca de queso.

—¿Y cómo acababa esa extraña historia? —preguntó el letrado achicando los ojos.

—Bueno, les conté que era muy listo, pertinaz y valiente, tanto que, si no encontraba el alimento deseado se enfadaba de verdad y se colaba por todos los rincones moviendo sus bigotes afanosamente, buscando cualquier tipo de comida para saciar el apetito que le había hecho despertar de su sueño electrónico.
También les dije que era huidizo, nunca permitiría que nadie conociera su secreto y que, si alguna vez se sentía descubierto, sería capaz de cualquier cosa… A esa altura del cuento, el menor de mis dos hijos me interrumpió:

"—¿Queda queso en la nevera papá?

—Sí, siempre hay queso en casa —contesté tranquilizándolo.

—¿Por qué no vas a sacarlo y lo dejas en el suelo? —me increpó con nerviosismo—. Así, si viene el ratón, lo encontrará sin que lo veamos y no querrá comernos.

—¡Nadie os va a comer! No quiero que os asustéis y menos con un ratón como este —dije sonriendo mientras habría la luz del pasillo para evitar la penumbra en que nos encontrábamos.

—Y ahora a dormir, mañana tenemos que levantarnos temprano para ir a la escuela."

—¿Les acompañaba usted cada mañana?

—Bueno desde que murió su madre, el mayor va a la escuela con unos vecinos, y yo acompañaba al pequeño.

—¿Solo llevaba a uno? —Sí, yo..., bueno no tengo tiempo de cuidar a los dos por igual, el pequeño necesita más atenciones...

—¿Y de qué murió su esposa? —siguió preguntando mientras garabateaba el bloc.

—Murió en el parto del menor... su hermano, aún no ha podido superarlo, en estos últimos cuatro años no pasa ni un día sin que me pregunte por qué nos dejó.

—Debe ser duro para un chiquillo de su edad. Pero siga por favor, ¿qué pasó después?

—Me serví un buen Cognac, un par de copas supongo, mientras navegaba por la red y me fui a la cama a media noche. Recuerdo que desde la distancia de mi habitación oía el tranquilizante silbido del sueño de mis hijos y, pensando ya en la agenda del día siguiente, me dormí.

—¿Escuchó algo especial durante la noche?

—No, nada especial, al despertar cumplí con el ritual de cada mañana, visitando el baño, la cocina, la ducha y el ropero antes de abrir la ventana de los niños.

—Siga, por favor, ¿qué vio al entrar en la habitación?

—El mayor estaba acurrucado en un extremo de la cama balanceándose convulsivamente, con el rostro desencajado y la mirada perdida. En la otra cama, amoratado y con los ojos fuera de sus órbitas, asfixiado por el cable del ratón... estaba... aquel cable le había... su cola... se hundía en su cuello con fuerza y... sus ojos...

—Tome un poco de agua y relájese —dijo el abogado pulsando el botón de aviso a enfermeras—, conozco lo que sigue, por desgracia el atestado redacta al detalle las causas físicas de la muerte.

La enfermera irrumpió en la habitación reclamada por la luz roja, y después de acomodarlo en la cama, corrió las cortinas para salir acompañando al abogado.

Al día siguiente, el letrado volvió al hospital con noticias esperanzadoras:

—¡Intente atenderme! Lo que vengo a decir es importante para Usted. El caso ha dado un giro inesperado Alfredo, alguien se ha llevado el arma del crimen de Comisaría y, sin la prueba principal, posiblemente la acusación no pueda sostenerse.

—¿Cómo puede alguien robar las pruebas del mismo depósito de la Policía?

—No entendemos como pudo pasar, están interrogando a los miembros del cuerpo por que debió ser alguien que pasó la noche en Comisaría, ellos aseguran que nadie puede entrar o salir de la zona de alta seguridad, y tampoco hay ningún acceso forzado.

—Entonces, ¿lo robó un policía?

—Sigue siendo un misterio, el ladrón debió aprovechar un descuido de los agentes del depósito para abrir la bolsa que lo contenía, pero nadie puede asegurar como sucedió.

—¿Qué se supone que debemos hacer ahora?

—Hay que esperar unas semanas por si se encuentra el objeto robado y, una vez pasado este tiempo prudencial, podremos solicitar al Juez que archive definitivamente caso.

La habitación volvió a quedar en penumbra cuando el abogado cerró la puerta para marcharse.

Alfredo conectó la radio sintonizando su emisora favorita y dejó que la música clásica inundara la estancia mientras se acomodaba sobre un par de almohadones.

De entre las sábanas, una silueta avanzó lentamente trepando por su pecho y, al verlo salir del escondite, como siempre, unió las manos para permitir que jugueteara entre sus dedos.





Ambròs M. Oliver

ANOCHE


No debí decirte esas cosas anoche, lo sé, pero nunca he sabido contenerme cuando desgarras con tus gritos el centro de mi orgullo, ahí donde mi hombría no puede soportar el agudo tono de tu voz y, como siempre, exploté.
Ahora te oigo llorar mientras te vistes y no puedo mover mi cuerpo para calmarte, supongo que la vergüenza me paraliza.
Sé que no debí pegarte pero hoy no me siento con fuerzas para afrontar la situación, para levantarme y pedir perdón, para confesar cuánto te quiero, cómo necesito tu presencia, tus caricias, para tenderme en tus brazos y echarme a llorar, arrepentido, prometiendo que siempre cuidaré de ti.


No debiste decirme esas cosas anoche, sé que no debiste. Nunca has sabido contenerte cuando te ataco ahí donde más te duele, en el centro de tu orgullo, ahí donde tu hombría no puede soportar mi agudo tono de voz y como siempre, explotaste.
Ahora, mientras me visto, no puedo evitar llorar, sentirme culpable por haber provocado tu ira, por haber conseguido que me pegaras, que dejaras en mi cuerpo las marcas necesarias para que no me culparan por el puñal que, en un momento inolvidable, pude clavarte en el corazón anoche cuando dormías.



Ambròs M. Oliver

MI ÚLTIMA PLAYA


¿Que por qué un hombre como yo lleva un turbante en la cabeza? Cualquier otro día os hubiese contestado con un montón de evasivas, pero en lugar de eso, os voy a contar la verdad.

Nací en un pueblucho encantador, al este de la sierra. Como imaginaréis jamás vi el mar. Mi edad poco importa, pero aún recuerdo aquellas obsesiones de infancia que siempre quise cumplir. Cuando algo me atraía, lejos de querer poseerlo, prefería transformarme en…, intentando por todos los medios imitar el comportamiento de cualquier cosa que se clavara en mis deseos: ser la pulga del escuálido circo de pulgas que mi vecino Antonio transportaba de portal a portal para ganarse unas perras gordas, la flecha del arco de Julio con el que tantas veces me había intimidado volviendo de la escuela, o el pañuelo azul de Margarita la pecosa, que de tanto lucirlo anudado en su garganta, había conseguido empinarle las puntas de tal modo que colgaban de su hombro como dos ganchos de carnicero.

Recuerdo que lo que más me costó fue el intento de ser sirena. No de esas que lucen cola y melena, esas hubiesen sido fáciles de plagiar, yo me obsesioné con la sirena de la única caja de ahorros que había en mi localidad. Todavía recuerdo los mazazos que me arreaba mi padre de madrugada cuando me disparaba a berrear con aquel estridente sonido que tan bien sabía imitar. Como los callos de sus dedos desencajaban a golpe de razonamiento el oxidado resorte que mantenía la acelerada vibración de mi voz.

-Has tenido que ir a parir al tonto del pueblo - le repetía a mi desesperada madre con aquella quejosa voz con la que siempre me acababa dejando por inútil.

-Este niño es tonto perdido, es una maldición caída del cielo. ¿Qué he hecho yo para merecer esto…?

Supongo que el cielo poco tenía que ver con mi natural entusiasmo para intentar mimetizarme con todo cuanto despertaba mi interés, yo siempre lo he atribuido a algún raro instinto de supervivencia heredado de mis ancestros, a algún don singular que poseía mi familia para evolucionar de forma paralela al resto de la especie.

Sin ser parte de la explicación que os estoy dando sobre el turbante, añadiré sin complejos, que en toda mi vida me he enamorado una sola vez, de la hermosa trapecista que se cayó en la carpa de aquel circo cuyo nombre nunca conseguí pronunciar. A decir verdad, me embelesaron sus axilas, el vello de sus axilas para ser exacto, ese pelaje negro y lacio que se erizaba como un cepillo cada vez que tensaba los potentes músculos de sus brazos. Recuerdo con ternura como, bañado en sudor, cambiaba su tonalidad del negro oscuro que lucía a palma abierta en los saludos iniciales a un azul tornasolado que me fascinaba.
Esa mujer fue la que consiguió que nunca más me interesara por el sexo, cuando al verla salir del hospital al cabo de unos meses, comprobé que se había depilado completamente los sobacos. Tal percance impulsó todavía más mi apetencia hacia los objetos.

Retomando mi confesión hacia la pregunta que me formulasteis, debo aclarar que no he vivido siempre en aquel pueblo, sería del todo imposible desde que hicieron el pantano. No recuerdo con cuantos objetos fascinantes me he cruzado durante el transcurso de mi vida en el campo, pero con los años, cada vez me costaba más centrar mi deseo en uno. Ahora es agotador luchar para no volverse loco intentando ser exactamente igual a varias cosas distintas a la vez.
En los pueblos de la sierra, lo más destacable era la cruz de la iglesia, y con esa nunca me llevé bien, pero al llegar por primera vez a una gran ciudad, me he dado de bruces con cientos de diseños nuevos y atrayentes que seducen mi mirada a cada paso que doy: logotipos comerciales, muebles urbanos de diseño, automóviles de última generación, complementos para el hogar expuestos de forma tentadora en los escaparates, bolsos, zapatos puntiagudos, miles de entes engendrados para llamar la atención por encima de los demás, para cautivar con sus formas, para enloquecer mi obsesión. No os podéis imaginar la ansiedad que sufro al contemplarlos, como todos ellos despiertan en mí las más enfermizas ganas de fundirme con su esencia y de absorber hasta el último rasgo de su personalidad.

Anduve como un loco durante días tapando mis ojos, buscando un lugar en la urbe donde el impacto de sus siluetas desapareciera de mi vista No me preguntéis cómo llegué entre tropezones y pitidos a esta magnífica playa, pero mirando al mar conseguí evitarlos.

Llevo cinco semanas aquí sentado, la tercera caí de espaldas viendo ahora el cielo, y supongo que este va a ser el último día de mi atormentada vida, sin agua, sin comida y con este sol arrebatador, he aguantado más de lo que mis fuerzas pueden ya soportar.

Ah, por cierto, vuestro querido turbante me lo dio un magrebí que pasó por esta playa y, viendo las ampollas que lucía ya mi calva, me lo encasquetó de un manotazo. Dijo algo que no alcancé a entender, pero el tono parecía burlesco: mofas y risas silbantes, como hablándole al tonto del pueblo.


Ambròs M. Oliver